miércoles 23 de marzo de 2011
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En un primer momento, con los lienzos extendidos
sobre el suelo, se produce una mezcla de extraño ritual lúdico-gastronómico;
como una famélica cocinera inicio una suerte de alocado guiso, usando de manera
no premeditada los ingredientes que encuentro a mano, como si todo valiera para
enriquecer el guiso y aplacar el hambre con una suerte de equilibrismo
sobrevenido para contrarrestar el ansia, pero casi a ciegas, como jugando a un
juego, escogiendo sobre la marcha sin premeditación, valiéndome de una intuición
milenaria heredada de todos aquellos que ya trajinaron con pucheros. Viendo,
pero sin mirar.
A veces el ritmo es pausado pero otras es acelerado,
intenso, excéntrico como un vómito, un bofetón o un latigazo, tal vez como un
suspiro, una eyaculación, un espasmo o menstruación; tal vez como un movimiento
reflejo, una patada o una carcajada espontánea…
Un nuevo día. Otra luz,
preferiblemente matutina; otro talante más reposado: cafés previos, ojos recién
nacidos, telas que se ponen de pie.
Todo lo que era líquido, ahora es sólido,
todo lo que se desplazaba ahora está quieto. Miradas y más miradas inician el
reconocimiento buscando las reminiscencias de ese guisote para acabar de
sazonarlo, tratando de imaginar el sabor que le darán las especias al mezclarse.
En definitiva, buscando un equilibrio dentro del desorden, desvelando lo oculto
y solapando lo evidente, redibujando lo amorfo; a veces, tengo la impresión de
querer juntar las pompas de jabón en el aire, pero se rompen...Isabel
R.P
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